ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno a malo, o merece la pena leerlo.

lunes, 13 de agosto de 2012

JOAQUIN MARTÍNEZ DE LA VEGA , pintor almeriense



MARTÍNEZ DE LA VEGA, JOAQUÍN, un pintor adelantado a su tiempo.
No tenemos ningún autorretato de Joaquín.

Aunque nació en Almería (1846), se le considera como malagueño, ya que en Málaga vivió desde los 20 años, y en Málaga se conserva la mayor parte de su obra. Estudió en Córdoba, cuya Diputación le concedió una beca para que continuase su formación artística en la Real Academia de San Fernando, donde fue alumno de Federico de Madrazo. La misma Diputación le concede después otra beca para que amplíe sus estudios en Roma, aunque nada sabemos sobre su estancia allí.
Cuando llega a Málaga (Baltasar Peña dice que sobre 1866, si bien no tenemos datos ciertos hasta 1869), se relaciona con los pintores locales, y en 1870 colabora con Denis en la decoración del techo del Salón de Actos del Liceo, pintando "La coronación del Dante". Según T. Sauret, su arte presenta tres etapas. Dada su formación, sus primeras obras siguen un modelo romántico de perfecto dibujo y composición académica. Pronto deja los temas históricos y prefiere los tipos aislados o las escenas de género. En el retrato sigue a Madrazo. A partir de 1877 se advierte la influencia de Denis y de Ferrándiz: aparece el orientalismo y la anécdota fortunysta. Al final de la década de los 80 aborda una pintura religiosa que, desde un lenguaje casi prerrafaelista, evoluciona hacia un simbolismo de trazo quebrado y suelto. Por último, su alcoholismo, su adicción a la droga y la muerte de su mujer y de su hija lo llevan hasta un decadentismo en el que los sueños se traban con una religiosidad morbosa.
Murió el 4 de diciembre de 1905 en el malagueño parador de Puerta Nueva, como recuerda una modesta lápida. Según Baltasar Peña, "derrochó su genio en pequeñas dosis, olvidando la obligación que la naturaleza le impuso, al dotarlo de tanta inspiración, de legar a las generaciones venideras maduras y definitivas obras de arte". No pensamos hoy así: lo que en este pintor —como en Jaraba— se calificaba de "estudio" o "boceto" no era sino alarde de soltura, de simplificación, de maestría y de modernidad. No en balde fue el bautista de Picasso, según le contó éste a Sabartés: "Fue en el 1897. Mi padre solía reunirse con sus amigos en el Círculo del Liceo, y un día, estando con él allí, se habló de celebrar lo que yo hacía y decidieron celebrar la mención ganada en Madrid con mi cuadro 'Ciencia y caridad'. A don Joaquín se le ocurrió bautizarme 'pintor', y tomando una copa de champagne íne echó unas gotas en la cabeza." Lo que don Joaquín Martínez de' la Vega no sabía es que estaba bautizando a toda la pintura del siglo XX.

Datos tomados el catálogo "Pintura del Siglo XIX. Colección de Unicaja. 1996. Introducción de Alfonso Canales. Asesor Cultural de Unicaja.

VER ALGUNOS RETRATOS QUE PINTÓ


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La leyenda:
Fue uno de los primeros modernos de la Costa. Murió por amor, desahuciado, espíritu formidable y de la canallesca. No lucía patillas ni se ataba pañuelos al cuello. Lo suyo no eran definitivamente las suecas. Mucho antes del destape, de la iconografía del bañador y los hoteles en sepia, la provincia conoció otra etapa de gloria. Cánovas del Castillo, la pujanza del Puerto, la bohemia inolvidable. Málaga más cerca de París que de Benidorm, con Joaquín Martínez de la Vega, el pintor, el romántico, el opiómano, como puntal sepultado por las décadas.
La leyenda forma parte de la literatura anglosajona, pero aquí ha perdido fuerza, solapada por los todo incluido y el paraíso cinéfilo. Martínez de la Vega fue mucho más que una historia trágica y una placa en un edificio noble, ejerció de letra mayúscula de una generación sublime y gamberra, acompañada por ilustres como Alejandro Sawa, el poeta valleinclanesco. A principios del pasado siglo, la capital de la provincia era sinónimo de riqueza. El dinero y la frescura marítima funcionaban como reclamo de los talentos más salvajes del país, los ascendentes casi directos de Picasso.
La prehistoria de la Costa del Sol le debe mucho a los indómitos de la paleta, que no sólo renovaron la pintura, sino las costumbres, la proyección de una tierra más acostumbrada a los boquerones que a las sirenas. Martínez de la Vega revolucionó la técnica del pastel, engarzó con los simbolistas de Europa, adornó con sus trazos edificios como el Conservatorio María Cristina, se convirtió en el primer cartelista de Málaga, de su feria. Mujeriego, volátil, nocturno e insomne, el artista dio el testigo a la vanguardia, casi literalmente. En 1897 agarró una botella de champán, se ungió los dedos y bautizó como pintor al hijo de su amigo, que había ganado un par de premios. Un tal Pablo. De apellido Ruiz Picasso, toda una promesa.