ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno a malo, o merece la pena leerlo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Crónica de ciudad: Síndrome postvacacional

Crónicas de ciudad: Síndrome postvacacional

1.



 
 1.La ciudad está abarrotada de pasillos, y estos repletos de barullo, prisas, relojes a velocidades supersónicas, desenfreno... y ruido, mucho ruido.
Camino abriendo huecos en el aire como si estuviera huyendo. Y los coches se persiguen unos a otros. Los transeúntes parecen manadas de elefantes enloquecidos. Da la sensación de que no hay respiro. Y las flores pisoteadas por el suelo.
La ciudad bosteza mientras la zarandea un accidente: dos muertos. El asfalto, sediento de tanto sol, un charco de sangre bebe. Un gran letrero anima a todos los turistas: «Bienvenidos a Ciudad-Maravilla».
2. Los perros muerden con sus dentaduras su propia sombra. Los pelos de punta y enloquecidos aúllan, dan vueltas sobre sí mismos y chillan. Los callejones oscuros llenos de basura apestan a sobrecargas de energía. Las gentes encerradas en sus casas no pueden dormir.
De vez en cuando la noche se ve iluminada por el brillante chisporrotear de un gato que sigilosamente cruza algún tejado. Luego, queda hecho carbón. El grito callado de los corazones rompe el ritmo, se hiela la sangre; las venas parecen hechas de cuerda de esparto, algunos corazones se paran atascados. La noche toca a su fin; es una lástima acabar así.
3. De los letreros luminosos salen ondas que llenan los cerebros del transeúnte hasta hipnotizarle en su música de colores. Luego un sonámbulo más en medio de la calle que recorre los bordillos en perfecto equilibrio.
Uno de tantos coches pasa sobre un charco salpicando de gotarrones los trajes que, bajo el sol, brillan como medallas de oro; la gente alucina con sus nuevas condecoraciones. Se sienten vivos de amargura; y gritan felices y sudan anecdóticos. Después, cenan tortilla de cárcel y televisión mientras recuentan los números de la primitiva... ¡Otra vez será! Fuman un cigarro de pulmón y nicotina. Duermen, y en sus camas se desgarran a borbotones. Mañana... sale el sol, y los relojes les impulsan al frenesí de los infartos.
4. De los autobuses rotos, sólo queda el recuerdo del amor a los asientos que ayudaban a despertar del todo en las mañanas frías de telarañas de invierno. El murmullo de los comentarios de fútbol, las frases hechas, las conversaciones de rutina para salir del paso, la incomodidad del que ha tenido malos sueños, la pesadilla del que llega tarde y hay semáforos y embotellamiento, de los niños rubios que se acercan a saludar para el colegio. ¡Mira quién está allí esperando otro autobús! (A esa hora una cara bonita es agradable de contemplar).
5. Caen unas gotas en el asfalto, y de él salen flores de hormigón y hierro. Un peculiar olor a petróleo invade el aire. Los transeúntes se sientan en las terrazas de los bares a disfrutar del ambiente. Los humos de los coches suavizan sus miradas, y como un rito mágico extraen de bolsos y carteras los dientes que han de enseñar al sonreír. Manosean los vasos llenos de líquidos de color, y lamen enésimos cigarros. Cruzan sirenas por todas partes como animando a la vida a los tímpanos humanos. Hay sonrisa, movimiento de labios de voz vacía; y las pinturas de las caras envuelven rostros acomplejados. Pechos rotos, espíritus quebrados, lenguas que alaban papeles con números santos. Se destornillan de los asientos y, una vez en sus casas, se meten en sacos de sábanas blancas.
Alguien muere lleno de harapos abrazando una pestilente flor sobre una línea discontinua amarilla... amarilla.
6. Parece mentira... Te miro a los ojos y sé que ese brillo es por mí. Me rompo la cabeza contra las grises paredes de la ciudad mientras repito insistentemente: «parece mentira, parece mentira...»
Verdaderamente parece mentira que aún, en esta ciudad de coches rotos y paredes derruidas haya alguien que me quiera, mientras yo muerdo las aceras y golpeo los asfaltos con el puño y la cabeza. Parece mentira que se me caiga la atmósfera a trozos y yo juegue contigo a antiguas delicias.
7. Por fin abro los ojos. Todo ha sido una pesadilla encadenada. La almohada está empapada por el sudor. Siento pálpitos. Hoy en mi primer día de trabajo después de mis vacaciones de verano. Síndrome postvacacional. Me levanto. Voy al aseo. Me miro en el espejo. Me doy unas palmaditas en la cara mientras me digo para darme ánimo: «¡Qué suerte, en los tiempos que corren, tengo trabajo!».
Bajo por el ascensor. La calle. Hoy empiezan mis «crónicas de ciudad».