ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL.

sábado, 16 de abril de 2016

Tenía 3.544 amigos virtuales de Facebook y murió solo.




La soledad es una terrible desgracia, mal epidémico de nuestros días.

Entre los 3.544 amigos virtuales que acumulaba en internet, una mujer telefoneó a la Policía Local de Vigo desde Canarias para advertir de que José Ángel no entraba desde hacía casi una semana y tampoco contestaba al Whatsapp. Ninguno de sus conocidos de la Red sabía que el vigués vivía sepultado en vida por la basura que recogía de los contenedores cuando salía al caer el sol en una de las bicicletas que almacenaba.

Los despojos urbanos habían cegado todos los vanos de la casa y ya solo podía salir y entrar, como los gatos o los ratones, por una ventana. A pesar de haber nacido en Vigo y de que su historia fue noticia en casi todos los medios, una semana después nadie había reclamado el cuerpo y el Ayuntamiento tuvo que hacerse cargo este jueves de un entierro de beneficencia. Ahora solo una página de Facebook suspendida en el tiempo y un número, el 113, pintado sobre una cruz hincada en la tierra del cementerio de Pereiró, recordarán su existencia.

De noviembre a abril, ocurre muchas veces que el fuego con el que intentan espantar el frío prende en los cartones, las cajas de madera, los colchones sucios y las bolsas de basura. Las llamas engullen toneladas de inmundicia en pocos bocados y el dueño del vertedero doméstico muere carbonizado o por asfixia. Cuando llega el verano —muertos porque sí sin querer ir al médico y sin que nadie se entere— es el olor de sus cuerpos descompuestos el que acaba por avisar a los vecinos.
En enero aparecieron entre montañas de desperdicios los cadáveres de un hombre de 62 años (Corvera, Asturias) y una mujer de 84 (Cáceres), y a principios de abril los bomberos entraron a rescatar en Erandio (Bizkaia) a otra señora de 79. Creían que ya estaba muerta por el hedor que el piso dejaba escapar al exterior, pero aún expiró unos minutos después. Al día siguiente, la escena apocalíptica se repetía en Vigo con el cadáver de José Ángel, un hombre de 51 años que, como casi todas las personas con Diógenes no se trataba con sus vecinos pero que en su caso, todavía excepcional para los psiquiatras, mantenía actividad diaria en su página de Facebook.
Cada año mueren en soledad varias personas con Síndrome de Diógenes en España. Casi siempre, los protagonistas llevan días, semanas o hasta medio año muertos. Casi siempre viven solos y han perdido los lazos con su familia. Han abandonado el cuidado de su cuerpo y no se quieren. Algunos mueren por inanición, por enfermedades que se niegan a tratar, o aplastados por un alud de desperdicios que se viene abajo cuando ya no soporta más peso.

Cada vez que se recupera un cadáver de una tumba de basura que suele llevar días desmontar aparece algún responsable de los servicios sociales del consistorio diciendo que se habían iniciado los trámites burocráticos y judiciales para solucionar el problema, pero que no llegaron a tiempo. Para desgracia del finado y desesperación de vecinos que llevan años soportando los olores y las plagas. Según el Colegio de Administradores de Fincas de Madrid, el 60% de las consultas de las comunidades vecinales son acerca de casos de Diógenes. Cada año, en la capital se abren unos 300 expedientes municipales por denuncias sobre personas que acumulan miles de kilos de residuos hasta invadir todas las habitaciones. En ciudades más pequeñas, en un año se pueden llegar a tratar más de 30 casos

En 2010, en Almería se intervino en 34 viviendas convertidas en estercoleros y cuatro de las personas murieron una vez que ingresaron en el hospital. Miguel, vecino de Málaga de 57 años, también acabó muriendo en una cama hospitalaria después de ser rescatado del fuego en 2010. En este caso, el Ayuntamiento llevaba desde 2001 tratando sin éxito de que el juzgado lo incapacitase. Una vez logró permiso para entrar en la casa, vaciarla y pintarla. Pero pasado el tiempo el esfuerzo no evitó la tragedia.

Todas las historias son desgarradoras. En marzo de 2015, en Palma, 25 bomberos tardaron cinco horas en controlar el fuego que dañó 10 pisos de un edificio en el que vivía un hombre de 51 años con Diógenes. Tres de las viviendas quedaron completamente destruidas por la fuerza de unas llamas alimentadas de basura altamente combustible. Las hemerotecas recogen casos similares en Sevilla, León, Sitges (Barcelona). Algunas con variantes como los miles de amigos de José Ángel en Facebook o como el Síndrome de Noé que ofrece incluso paisajes más dantescos. En una casa del municipio coruñés de Rianxo desbordada también de basura y excrementos, en una ocasión fueron rescatadas dos ancianas y 140 perros enfermos. La mitad de los canes acabaron sacrificados. Una de las mujeres vivía en cama, con los animales moviéndose sobre las sábanas. La otra estaba ciega, y años después seguía esperando una ayuda de las de la Ley de Dependencia.

Muchas veces, y a pesar de la hediondez que se acentúa con el calor, la gente no se imagina lo que pasa hasta que saltan las alarmas porque falta la persona. Algunos de los muertos en esta década vivían en un sexto o en un octavo y nadie jamás los había visto subiendo restos. Sus vecinos de abajo no sospecharon nunca que estuvieran viviendo bajo enormes basureros.
En estas circunstancias, el trabajo de los forenses se complica. Con el proceso normal de putrefacción se alía lo insalubre del escenario. Larvas que en vida ya estaban en los cuerpos. Animales, desde perros a hormigas, que se han ido comiendo las partes blandas y dejan los rostros inidentificables. En 2012, en Ferrol, Carmen, de 70 años, apareció después de dos meses sobre su cama, comida por las ratas. Hay manuales médicos que enseñan a distinguir entre las erosiones producidas por distintos insectos y la forma del mordisco de cada tipo de mamífero.